Ladran los perros. Tienen permiso y nadie podría hacerles callar. La niña dice que en sus ladridos quizá viaja la vacuna de la enfermedad. Ya
no estamos hablando de microgotas infectantes sino de decibelios preventivos, “¿Por
qué no?”, continúa el padre: “Sería justo que esto que comenzó con el
murciélago o el pangolín, terminase gracias a la ayuda de otros animales”.
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